Hay proyectos que empiezan mucho antes de tener un nombre.
En mi caso, aleira comenzó a construirse sin que yo supiera todavía que algún día existiría. En las decisiones que fui tomando, en las preguntas que me llevaron de un lugar a otro, en las personas con las que he trabajado, y sobre todo, en una curiosidad que me ha acompañado siempre: comprender por qué las hacemos lo que hacemos y cómo nuestras relaciones y experiencias pueden transformar profundamente nuestra forma de estar en el mundo.
Hoy, después de muchos años en la psicología, la criminología, la investigación, la docencia y la intervención, todas esas partes encuentran un lugar común. Hoy nace aleira Psicología.
Y creo que la mejor manera de inaugurar este espacio es contar como hemos llegado hasta aquí.
Un camino que empezó con muchas preguntas
Con 17 años me fui de Galicia a Barcelona para estudiar Criminología. Quería entender cómo algunas personas nos sostienen, nos ayudan a crecer y nos hacen sentir seguras, mientras que otras pueden generar sufrimiento, hacernos dudar de quiénes somos o cambiar la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo.
Durante aquellos años descubrí la victimología y un concepto que transformó mi manera de mirar a las personas: la resiliencia. Me fascinó comprobar que, incluso después de experiencias muy difíciles, las personas somos capaces de reconstruirnos. Que el sufrimiento puede formar parte de nuestra historia sin tener necesariamente que definirla para siempre.
Con el tiempo comprendí que esa capacidad no pertenece únicamente a quienes han vivido situaciones extremas. También aparece en quien atraviesa una pérdida, una crisis vital, un periodo de ansiedad, un conflicto importante o uno de esos momentos en los que sentimos que hemos dejado de reconocernos.
Todos, en algún momento, podemos necesitar detenernos, comprender qué nos está ocurriendo y encontrar una manera de seguir adelante.
De comprender a acompañar
Después llegaron la Psicología, un máster en intervención psicosocial, un doctorado, la formación sanitaria y unos cuantos años bastante intensos en los que fui compaginando investigación, docencia e intervención.
Trabajé con personas que acababan de llegar al país, personas en situación de vulnerabilidad y víctimas de delitos. Investigué durante años sobre violencia interpersonal y sus consecuencias. Empecé a enseñar en la universidad.
Y descubrí que había algo que echaba de menos.
Quería poder acompañar a las personas de otra manera. No estar únicamente en momentos concretos de su historia, sino poder permanecer un poco más. Comprender qué había ocurrido, sí, pero también acompañar aquello que venía después.
Así llegué —o quizá volví— a la psicoterapia.
Encontré una forma de entender la psicología en la que podía integrar muchas de las cosas que había ido aprendiendo: la importancia de nuestra historia y nuestras relaciones, el contexto en el que vivimos, el conocimiento científico y, por encima de todo, la singularidad de la persona que tenemos delante.
Pero hubo algo más que terminó de convencerme de que quería dedicarme a la psicoterapia: las personas a las que acompañaba.
Años antes me había fascinado estudiar la resiliencia; ahora podía verla en consulta. Por supuesto, trabajar con el sufrimiento humano puede ser duro. Pero también me maravilló el deseo de las personas de estar bien, de seguir adelante, de querer y confiar en los demás incluso después de haber sido heridas. Verlas esforzarse, intentarlo una y otra vez, caerse y volver a levantarse.
Creo que acompañar esos procesos y ser testigo de esa capacidad de las personas para reconstruirse fue una de las cosas que terminó de hacerme pensar: yo quiero seguir haciendo esto.
Más tarde surgió la oportunidad de dedicarme a tiempo completo a la universidad. Disfrutaba (y sigo disfrutando) muchísimo de la docencia y de la investigación. Pero volvía a aparecer esa sensación.
Me faltaba algo. Me faltaba acompañar.
Volver a Galicia. Y empezar.
También había algo que me faltaba a nivel personal: mi familia.
Así que, después de muchos años fuera, tomé una de esas decisiones que dan un poco de vértigo pero de las que, en el fondo, estás bastante segura: volver a Galicia.
Y pensé que, si alguna vez quería intentar construir algo propio, quizá aquel era precisamente el momento. Siempre he sido un poco rebelde. Me gusta tener libertad, probar cosas nuevas, aprender y permitirme cambiar de dirección cuando algo deja de tener sentido.
La universidad me ha enseñado muchísimo y continúa formando parte de mi vida profesional, pero también me ha hecho consciente de algo que necesitaba: un espacio en el que poder reunir todas esas partes de mi trayectoria y hacerlas un poco más a mi manera.
Un lugar para la psicoterapia, pero también para la formación, la investigación y la divulgación. Un proyecto en el que haya rigor y estructura, pero también margen para la creatividad, para hacerse preguntas, revisar lo que hacemos y probar caminos nuevos. Un espacio que pueda crecer y cambiar junto a las personas que formen parte de él.
Y así empezó aleira.
No sé todavía exactamente en qué se convertirá este proyecto. Y creo que eso también forma parte de la ilusión de empezarlo. Sé que habrá psicoterapia, formación, investigación y divulgación. Sé también cómo quiero hacer las cosas y qué valores quiero que me acompañen. Pero quiero dejar espacio para que Aleira pueda crecer, cambiar y sorprenderme por el camino.
Este blog será precisamente uno de esos espacios. Un lugar donde compartir con más calma algunas de las cosas sobre las que trabajo, investigo o simplemente me hago preguntas: psicoterapia, relaciones, trauma, violencia, grupos coercitivos, criminología… y probablemente algunas otras que todavía no sé que acabarán apareciendo.
Si algo me gustaría conservar cuando vuelva a leer estas palabras dentro de unos años es lo mismo con lo que empiezo hoy: la humanidad, la calidez y las ganas de seguir aprendiendo.
Gracias por estar aquí.
Bienvenida/o a aleira. 🌸